Reflexión para el domingo 30 de julio

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO A
1 Reyes 3, 5-13; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

“Sabiduría de corazón”


P. Sergio César Espinosa G., mg

Me parece que el joven Salomón no era un joven muy normal.

Bueno, al menos no se ajustaba muy bien a la “norma” de los jóvenes del siglo XXI.

Primero que nada nos dice el texto que Salomón tuvo un sueño en el que vio al Señor. En nuestra época casi nunca he escuchado que algún joven me haya dicho que soñó en el Señor… sueñan, sí, en muchas cosas, personas, aventuras y logros, pero no recuerdo prácticamente ninguna instancia en la que un joven me hay dicho que soñó con el Señor, o que el Señor se le apareció en sueños… Además si me lo hubiera dicho alguien lo más probable es que no le hubiera creído, y le diría, o al menos pensaría, que todo eso no era sino fruto de su fantasía.

No sé, entonces, si a los jóvenes ya no se les aparezca el Señor en sueños, si ya no sueñen en el Señor o si yo no haya sido testigo de alguno de esos raros sueños.

Por supuesto la historia no termina ahí. Según el relato el Señor le ofreció que le daría lo que le pidiera.

Yo no sabría que pedirle al Señor en un momento dado, pero tengo que confesar que la respuesta de Salomón me deja sin palabras.

Primero alaba al Señor por lo bien que trató a su padre David.

¿Un joven consciente de cómo el Señor, o la vida como a veces se dice, haya tratado a su papá?

He oído muchas quejas de los jóvenes acerca de sus padres. Algunos que piensan que no han logrado lo suficiente, que no les dan todo lo que requieren, que no saben gran cosa, que no están al día, que no los comprenden… pero sinceramente no oigo a muchos jóvenes dar las gracias a otras personas por lo bien que ellas hayan tratado a sus padres. Y creo que son más pocos los que le dan gracias a Dios de que a sus padres les haya ido bien en la vida.

Y ¿cuántos habrá que reconozcan que están en donde están gracias a que Dios toma en cuenta el bien hecho por sus padres? Tal vez alguno acepte que su padre le dio el empujón y por eso está en el puesto que está… Alguno habrá que esté más consciente de que no es por méritos propios por lo que subió tan rápido en un trabajo determinado… pero ¿alguno que vea, reconozca y agradezca a Dios por ello?… Creo que todavía lo tengo que oír.

Salomón dijo: “Tú quisiste, Señor y Dios mío, que yo, tu siervo, sucediera en el trono a mi padre, David”… O lo que es lo mismo, “no soy rey por mis propias habilidades o por mis méritos, sino porque tú te dignaste darme el trono a mí, en lugar de darlo a alguno de mis hermanos o a otra persona”.

En mi opinión el joven Salomón sigue sin sonar muy normal.

Y las cosas se ponen aún menos ‘normales’ cuando Salomón no tiene miedo de decirle a Dios que él no es más que un muchacho y que no sabe cómo actuar, que se siente perdido en medio de su pueblo.

Me parece que esa no es la manera normal de hablar de los jóvenes de hoy, ni de los que fuimos jóvenes hace algunos ayeres. El lenguaje de los jóvenes suele ser un tanto cuanto autosuficiente e incluso arrogante. ¿Decir que no sabe cómo actuar? ¿Aceptar que se siente perdido en medio de un pueblo al que no sabe cómo gobernar? No, eso no suena muy ordinario.

Y el colmo es que pudiendo pedir cualquier cosa, o las cosas que pediríamos muchos de nosotros, jóvenes y no tan jóvenes, Salomón acaba pidiendo sabiduría de corazón. ‘¿Sabiduría de corazón? Como ¿para qué?’ Preguntaríamos nosotros.

Definitivamente el joven Salomón no razona ni habla de manera muy ordinaria o normal.

No sé cuántos de nosotros haríamos una tal petición. Y en caso de que se nos ocurriera, no sé si tendríamos claro como para qué querríamos la tal sabiduría.

Salomón dice que quiere sabiduría para “gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal”.

De veras me asombra el texto. Me asombra la claridad del joven gobernante de que el pueblo no es su pueblo, sino el pueblo de Dios. No va a guiar a los suyos, sino a hombres y mujeres que le pertenecen exclusivamente a Dios. Salomón sabe que él no es el dueño del pueblo, ese pueblo es de Dios.

¡Cuánto desearía uno que los gobernantes, jóvenes y no tan jóvenes, tuvieran igualmente claro que el pueblo no es suyo, sino de Dios! ¡Cuánto desearía uno que los que dirigen la Iglesia también lo tuvieran siempre claro! ¡Cuánto desearía uno que todos los que ocupan algún liderazgo en la sociedad, en la economía, en el campo educativo, en las familias, en cualquier ámbito, tuvieran una tal convicción!

Salomón encuentra en la sabiduría el tesoro por el que vale la pena apostar todo lo demás. La sabiduría es la perla por la que Salomón se decide a prescindir de otras posibles peticiones, para pedir eso solo a Dios.

Sabiduría para gobernar, para dirigir, para estar al frente. Sabiduría para distinguir el bien del mal.

En la tradición cristiana solemos hablar del don de la sabiduría y del don de discernimiento.

En el evangelio también Jesús nos habla de la importancia de saber valorar justamente, pues a veces hay que tomar decisiones muy importantes. No es posible conservar todo lo anterior y adquirir el campo donde está el tesoro: hay que saber deshacerse de mucho para lograr lo mejor. No parece posible en la brevísima parábola de la perla, que el mercader pudiera conservar todo lo que tenía y pudiera adquirir simultáneamente la perla de gran valor. Tuvo que vender para poseer, tuvo que dejar para tener, tuvo que deshacerse de todo lo que tenía por aquello que deseaba tener.

No se corre un riesgo así de cualquier manera.

En el evangelio se nos dice que el que encontró el tesoro fue a vender lo suyo “lleno de alegría”. Pero conozco demasiada gente que no deja ni siquiera lo que ya no le sirve. Y conozco también mi propia dificultad para prescindir de algunas cosas, no sólo de las muy útiles, sino incluso de alguna totalmente superflua. Esto me obliga a preguntarme y a preguntarte si seríamos capaces de ir “llenos de alegría” a deshacernos de todo por ese tesoro, por esa perla valiosa.

Me parece que se necesita verdadera sabiduría de corazón para poder tomar decisiones tan serias. Sabiduría no sólo para distinguir el bien del mal, sino para distinguir entre lo bueno y lo mejor, entre lo bonito y lo necesario, entre lo acostumbrado y lo conveniente.

Si no ejercemos ni siquiera la sabiduría en las cosas cotidianas, me pregunto si la sabríamos utilizar en los asuntos del Reino de Dios, cuando los bienes prometidos no son tan inmediatamente tangibles como un tesoro o una perla.

Siempre me ha intrigado la manera en la que concluye este pasaje. Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Han entendido todo esto?” Y ellos muy seguros responden que sí… la dificultad está en que el mismo san Mateo, y los otros evangelistas a su modo, nos dejan ver más adelante en su relato que de hecho los discípulos no habían entendido gran cosa.

En fin, ellos fueron ellos. Pero me parece que la pregunta está también dirigida a los que hemos escuchado hoy estas parábolas de Jesús.

Él, que había salido de la casa donde se hospedaba y desde una barca dirigió a sus oyentes estas parábolas, se convierte ahora en nuestro interlocutor y nos ha dejado escuchar esas mismas enseñanzas y ahora nos pregunta: “¿Han entendido todo esto?”

Cada uno de nosotros tiene que responder a título personal. Con todo, les comparto que por lo menos yo siento que mi respuesta es mucho menos segura que la de aquellas personas que le escucharon junto al mar de Galilea. No estoy tan seguro de haber comprendido todo esto. No me siento tan seguro porque veo demasiadas implicaciones para mi vida y para la vida de mi comunidad de fe.

“¿Han entendido todo esto?”

Realmente, Señor, no lo sé. Lo que sí sé, es que necesito la sabiduría que te pidió ese joven extraordinario que fue Salomón al inicio de su reinado. Necesito esa sabiduría de corazón para saber lo que de veras vale. Esa sabiduría que me ayude a deshacerme de lo menos valioso para asegurarme de tener lo que de veras cuenta. Ese corazón sabio que me haga capaz de realizar todo este proceso con mucha alegría. Una sabiduría que me haga semejante a ese escriba instruido en las cosas del Reino, que sabe seleccionar bien lo nuevo y lo antiguo, lo necesario y lo superfluo.

“Todo contribuye para bien de los que aman a Dios”, nos decía hoy san Pablo. Espero que nuestra liturgia, nuestra escucha de la palabra, nuestro intento por reflexionarla y hacerla nuestra, nuestras ganas de ponerla en práctica, aún nuestros mismos titubeos y nuestras mismas dudas, contribuyan para nuestro bien, pues aunque nos descubrimos sin mucha sabiduría de corazón, estoy seguro de que todos los aquí presentes amamos a Dios.

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Nací el 3 de octubre de 1985, originario del Ejido San Agustín en el Municipio de Torreón Coahuila México, Realicé mis estudios en la escuela primaria del Estado "Liberación Proletaria", ubicada en la misma localidad; los estudios de secundaria fueron realizados en la escuela "Profesor José Rodríguez González, que se ubica en el centro de la ciudad de Torreón; mi educación preparatoria fue un poco accidentada, inicié dicha etapa en el "Centro de Estudios Tecnológicos y de Servicios #59" ubicado a espaldas de "Soriana Constitución" (Empresa de Súper Mercado Lagunera) en la ciudad de Torreón; sin embargo, permanecí en esa institución sólo un año (2001-2002), el 23 de agosto del año 2002 decidí Ingresar a la Preparatoria "Instituto Ciencias Humanas" (Seminario Menor), que se encontraba en el Ejido San Agustín, (donde sigo viviendo [hoy ya no existe dicha preparatoria, pues se transformó en el "curso Introductorio"]); no obstante en dicha escuela permanecí sólo dos años (2002-2004), para terminar los estudios de preparatoria en la "Escuela de Estudios Comerciales Computacionales y Fiscales" (ESCOFIS) donde sólo estudié un año (ciclo 2004-2005); en agosto del año 2005 ingresé al Seminario Diocesano de Torreón a la etapa del Curso Introductorio "San José" en el Ejido San Agustín, al año siguiente emprendí los estudios filosóficos en el "Seminario Mayor Santa María Reina", los cuales concluí en el año 2009; en ese mismo año ingresé a la etapa teológica en el mismo Seminario Diocesano, en junio de 2012, finalicé el tercer año de Teología, en enero de 2013 ingresé a la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos) en la Ciudad de México concluyendo los estudios correspondientes a la teología en el Instituto de Formación Teológica Intercongregacional de México (IFTIM). Desde Noviembre de 2013 laboré en el Centro Pastoral Casa Saulo en la ciudad de Torreón, conocido popularmente como "Centro Saulo". Actualmente trabajo en la parroquia Inmaculado Corazón de María en la colonia Torreón Jardín.

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